Bosque...

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jueves, 28 de abril de 2016

"Los nombres del fuego", de Fernando.

Hay libros que, en cierta manera, te hablan, te susurran y te alimentan la mente. Libros que detienen el tiempo y las prisas del día a día y te instan a que les dediques esos minutos de tiempo que no eres consciente de poseer. Libros que, si pudieras, te llevarías a la ducha o al coche camino al trabajo para calmar la sed de pasar la página. En mi caso, podría citar unos cuantos que me han provocado esas sensaciones... pero quiero detenerme en el último de ellos, la última novela de Fernando J. López, que lleva por título "Los nombres del fuego". De "Los nombres del fuego", yo diría que es una novela para jovenes de 10 a 120 años (no, no es una errata), para gente que vive la vida con ojos brillantes, que se sale de los estereotipos que nos pretenden imponer y trabaja y lucha por sus sueños. Como Xalaquia. Como esa Abril que enamora con su carisma y su forma, tan real y tan cercana, de vivir y sentir la vida. Fernando J. López consigue una mezcla mágica entre dos épocas y lugares tan dispares entrelazando brillantemente las dos historias con un ritmo ágil y una escritura impecable que te lleva en un suspiro del inicio al fin de la novela. Poco más puedo decir sin caer en spoilers, así que simplemente os dejo mi total recomendación para leer esta novela y el resto de la obra de este brillante escritor (uno de los más destacados y sin duda el más versátil del panorama español actual) y magnífica persona. 




A continuación os dejo la sinopsis:

Abril y Xalaquia tienen mucho en común.
Las dos acaban de cumplir dieciséis años.
Las dos quieren ser dueñas de su futuro.
Y las dos están a punto de ver cómo su vida cambia para siempre.
Solo las separa el tiempo y el espacio: del Tenochtitlán del siglo XVI al Madrid del siglo XXI. Dos mundos en los que ambas se verán obligadas a emprender, en compañía de sus amigos, un arriesgado viaje. Dos recorridos a través de la magia y el misterio que comparten un mismo y último interrogante, el de la identidad.
Y es que quizá la respuesta tenga que ver con la verdad oculta tras sus nombres. O con la necesidad que sienten Abril y Xalaquia de incendiar el cielo con sus ganas de ser. De serlo todo… Y de serlo ahora.

Nota: "Los nombres del fuego" está publicado por la editorial Loqueleo y podéis encontrarlo en cualquier librería con dos dedos de frente :)

viernes, 1 de abril de 2016

De versos y concursos (Mi último aliento)

No soy yo mucho de participar en concursos literarios ni suelo prodigarme a escribir poemas, al menos en este siglo, pero a raíz de una sugerencia de una gran amiga y a una frase inspiradora, me decidí a participar en el premio internacional de poesía Jaime Gil de Biedma, en Nava de la Asunción. Obviamente no gané, pero aquí os dejo el poema que llevé, inspirado en la vida y en historias y personajes que tengo en la mente, pendientes de ser escritos cuando el tiempo y la inspiración lo permitan.


Mi último aliento
Ya no cuento con vivir,
he perdido la batalla.
Mi tiempo llega a su fin.
De mí, ya no queda nada.
Luna soy de lo que fui,
piel y huesos, la tez blanca.
Aquella sombra de allí
es la parca que me aguarda.
Ya no cuento con sentir
esos besos que anunciabas
cuando me acercaba a ti
a través de la pantalla.
¡Vida! ¡déjame morir!
A través de estas palabras
que tu mente hace fluir
como mías, disfrazadas...
Lamento dejarte así,
en silencio, tan callada,
pues la quimio que sufrí
me dejó sin luz al alba.
Poco más puede decir
esta chica enamorada,
gracias por estar aquí,
por tus sonrisas robadas.
Si tu piel yo merecí,
haya un dios que a mí te traiga,
cuando debas de partir,
inerte de cuerpo, el alma.
Sin rima exhalo por fin
mi último aliento.


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La sorprendente ganadora del certamen fue una chica de quince años, Amanda San Román Sastre, que encandiló al jurado con su "Elegía a Germán, el Tiñoso". Aquí os la muestro a continuación, sacada del PDF publicado en la web del ayuntamiento de Nava de la asunción.

Elegía a Germán, el Tiñoso

El Tiñoso ha muerto.
El Tiñoso ha muerto, padre...
No llores por él, Mochuelín,
que cedió Germán su cabecita
de hueso calvo a la baba
del caracol, al tordo, a la perdiz,
al sabor de una cicatriz,
a la poza cantora,
a la vía del ferrocarril...


Murió el Tiñoso en edad
de morir con años perrunos,
murió el Tiñoso en ríspida
valentía tras el tonto de agua infeliz.
¿Por qué, culebrilla,
no sucumbiste tú a la tierra
desgranada, gusarapo, muerte,
en vez de dejar que sea Germán
quien torne polvo y caliza
y huela madera y húmedo,
y cerrada oscuridad?
Ay, mal bicho, pero ¿qué hiciste
con las manitas pálidas,
nariz macilenta,
con el jilguero, con el destierro
del mundo, con el lamento,
con los borbotones del tañido
seco, desgraciado y regular..?
Tú dejaste que él pisara fría eternidad
en forma de nada.

El Tiñoso ha muerto...
Llora la Guindilla, llora Quino, llora Daniel.
Llora Rita, llora Andrés, llora Don José.
Llora Roque, llora Uca-uca,
lloro yo, llora todo ser.

Si el valle te dio dulce
ambrosía en tus largos días,
te quiso dar también traición,
alevoso pie, sobre los pérfidos líquenes
de ultramar. De pecho en pecho,
no hay muralla, no hay seguro,
no hay soga diurna allegada
a tu cintura. Tampoco había yerro.

Ahora dormirás la noche más larga
en tu vieja cabaña
sede del hueso oscuro y
el olvido polvoriento
y tibio, solo Germán...
 




jueves, 6 de febrero de 2014

Cien años...

Dedicado a mi abuelo, que hoy hubiera cumplido cien años.

Cien años

Cien años ha que naciste,
abuelo de chispoleto,
hombre sabio, gentil, bueno,
alma alegre, pluma en ristre.

Como un padre siempre fuiste
luz de faro, feliz puerto,
con la carcajada lista
para detener a tiempo
cualquier tormenta furiosa
de niños, que las tenemos,
y atracar nuestros pesares
al arrullo de tus versos.

Por  todo ello hoy no puedo,
echarte de más o menos
pues siempre estarás conmigo
alimentando momentos
llenándome de recuerdos
siempre alegres, nunca tristes.


PD: Te quiero yayo.

6-2-2014

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cuento Contigo, mi nueva web

¿Qué es o fue Cuento Contigo?
 
Voy a empezar este post citándome a mí mismo en un post del año pasado, que ya sé que no está muy bien visto y queda raro, pero ea:
 
"Cuento Contigo fue un programa de radio de M80radio en el cual los oyentes enviaban sus cuentos al programa y estos eran leídos por la cálida e inigualable voz de Alicia Sánchez. Yo lo descubrí allá por el año 97 creo yo (o quizá después, la memoria se pierde entre las dunas...) y creo que estuvo en antena hasta el verano de 2002... nunca comprenderé por qué lo cortaron, imagino que la presunta audiencia primó sobre la magia.... El programa era mágico, Alicia conseguía que durante dos horas te mantuvieras quieto junto a la radio, escuchando, imaginando cientos de historias diferentes compartidas por unos y otros..." (Del post "El retorno de Cuento Contigo", 24-3-2011, La Sombra Escondida) 
 



¿Y por qué una web ahora?
 
Pues bien, tenía esta idea en la cabeza desde hace mucho tiempo. En estos últimos tiempos el blog Pillados de la Vida había sido el nexo de unión para los nostálgicos del programa pero últimamente se encontraba bastante parado y pensé que era un buen momento para brindar a toda la gente la posibilidad de descubrir el programa o simplemente de pasar buenos ratos escuchando cuentos, que tuvieran la posibilidad de hacerlo directamente desde la web de una manera sencilla. 
 
No fue hasta hace una semana que me decidí a ponerme manos a la obra. El detonante, en este caso, fue mi viaje de vuelta en coche desde Castellón, en el que me tiré las 4 horas de viaje escuchando los cuentos que había conseguido encontrar por internet. Y se me pasó volando el viaje. Entre radar y radar fui moldeando mentalmente la web que a mí me gustaría tener y los contenidos básicos que tendría. Y con mucha paciencia y unas cuantas horas surgió la página, seguramente no la mejor diseñada ni la más funcional, ya que por mi desconocimiento de los lenguajes actuales de programación web tengo que partir de plantillas, modulos, widgets, gadgets y cosas raras de esas.

En breve la web superará los 100 cuentos y espero poder recopilar muchos más y que vaya creciendo poco a poco. Para los curiosos, os dejo la dirección:

http://cuentocontigo.webs.com/

Sí, es un post promocional, :-P

Pd: Acepto sugerencias.

jueves, 17 de mayo de 2012

Calíope, versión fotocómic.


Aquí os dejo mi última ocurrencia, la versión de Calíope en fotocómic con un toque de humor. Pulsad sobre la portada para ir al documento. Por cierto, Jajajanews is coming...


miércoles, 16 de mayo de 2012

El Reloj y la magia de internet...

Hoy me he llevado una gran alegría. He localizado este viejo archivo de otro cuento mío narrado en el programa de radio Cuento Contigo el siglo pasado gracias a la magia de internet y a otras personas que como yo, se pegaban a la radio cada Domingo por la noche para sumergirse en otros mundos y escuchar historias. Gracias otra vez al blog Pillados de la Vida por su labor. En este caso le toca a "El Reloj". Si la quieres escuchar, pulsa sobre el play. También la dejo escrita por si prefieres leer.



El Reloj

El silencio expuso su jaque cuando el reloj dejó de funcionar. Elena comenzó a moverse de un lado a otro de la habitación, angustiada, sudando copiosamente ante lo que se presumía un final aterrador. Quería gritar para romper el eterno silencio que envolvía las paredes de la casa, mas no se atrevía a hacerlo, temiendo que su voz apagara el ligero murmullo de las pisadas del asesino que la acechaba. Elena sentía miedo, el tiempo se había parado para ella. El terror de una muerte cercana le estaba poniendo al borde de la histeria. ¿Sería aquel el fatídico día con el que tanto había soñado? Quizá debía llamar a Rebeca y a Oscar para que vinieran. Con ellos estaría segura. Pero, ¿cómo atreverse a romper la complicidad del silencio con aquella llamada? ¿Y si el asesino aprovechaba el momento para acercarse a ella? Además, no estaba muy segura de que sus amigos la fueran a hacer caso. Últimamente la trataban de una forma diferente, e incluso, en su última visita, Rebeca la había llamado paranoica de forma bastante explícita. No, no podía contar con el teléfono. Tan sólo podía confiar en que la noche cediera su posición al día y aquello se quedara tan solo en un sueño más, como los muchos que había tenido en aquel último mes. Miró a través del ventanal. Contempló la creciente luna y sus relucientes compañeras. Seguro que allí arriba, en el espacio, el silencio sería mucho menos estremecedor.
Quiso cantar, pero no se atrevió. Se dedicó entonces a mirar absorta aquel viejo reloj de pared que ahora marcaba la hora de su eterna oscuridad. Madera de roble, diseño clásico, rematado en oro. Bonito ataúd, pensó tétricamente. Se acurrucó junto al reloj, echa un ovillo sobre la alfombra, esperando a que algo sucediese. Deseó estar paranoica cuando le pareció percibir el levísimo ruido de la cerradura al girar. En la inmensidad del silencio, le pareció como si mil elefantes entraran en tropel. Se quedó gélida por unos momentos, sin reaccionar, mas finalmente se rehizo y se ocultó tras las enormes cortinas azules que decoraban una de las paredes, la pared en la que se encontraba el reloj, que no hacía tic tac. Elena se abstuvo de respirar, mientras escuchaba las sigilosas pisadas del asesino, aproximándose. Después de todo, parecía que ella no estaba
loca. Al fin y al cabo, allí estaba el asesino, preparado para ejecutar. Eso no la consoló.
El asesino examinó la sala en silencio, intentando evitar cualquier detalle que pudiera ser fatal. Se giró y contempló la pared de las grandes cortinas azules. Se acercó a ella, lentamente. Vio el bonito reloj de pared y se detuvo, intrigado. Abrió la pequeña puerta de cristal y giró una pequeña rueda. Entonces el reloj hizo tic tac y quebró el silencio. Jaque Mate.


domingo, 6 de mayo de 2012

Una de recuerdos, La Leyenda de Deirdre

Me acaba de venir a la mente esta bonita leyenda céltica. Aquí os la dejo, dedicada a mi amiga Peña, a la que tengo un tanto dejada pero nunca olvidada. Pulsa el play para escuchar la música del disco del que extraje la leyenda...




La leyenda de Deirdre

En Irlanda, hace ya mucho tiempo, el rey Connacher, de la familia Ulster, se encontraba en el Gran Salón de su palacio subido a una tarima hecha con madera de viejos robles. Finalizado ya el día, el crepúsculo marcaba el comienzo del Samhaim. Más de mil personas se habían congregado y reinaba una alegre algarabía mientras los criados del rey se preparaban para la primera noche de la fiesta. Los caballeros del rey, los Caballeros de la Rama Roja, habían dejado sus armas y sus cotas de malla para unir sus voces, entonando canciones de grandes aventuras. A pesar del regocijo imperante, Cathbad, el druida, se encontraba solo en la ventana arqueada de piedra contemplando con mirada distante el otro mundo. Tan sólo Malcolm, el arpista del rey, se sentía tranquilo, pues tenía a su esposa Elva embarazada. Estaban sentados los dos en un rincón oscuro del Gran Salón, conversando cariñosamente en susurros.
El rey Connacher alzó su cuerno de vino con ademán de grandeza. Cuando ya se disponía a pedir que comenzase la ceremonia, se oyó un penetrante grito y la estancia quedó en completo silencio. Los caballeros más veteranos desenvainaron sus armas, prestos para la lucha.
--- No os mováis -- ordenó el rey ---. No deis un solo paso hasta que no sepamos la causa de ese ruido.
Cathbad avanzó hacia el Gran Salón y alzó su bastón. Se quitó la capucha de la capa y sus cabellos plateados reflejaron el claro de luna. Su rostro, arrugado como una manzana en invierno, se alzó pausadamente y le dijo al rey:
--- He estado observando esta semana las nubes, la edad de la luna y las posiciones de las estrellas.
Se acercó, después al lugar en que estaba echada Elva. Le puso la mano sobre el vientre y dijo:
-- Es el bebé el que ha gritado. No es un bebé corriente. Es una niña de gran belleza y su nombre será Deirdre. De su belleza surgirá una afilada espada que partirá el árbol de Ulster. Los reyes querrán desposarse con ella y será un desastre. La Rama Roja se dividirá y habrá luchas y guerras por su causa.
Dicho esto, se retiró de nuevo a su contemplación del firmamento.
-- ¡Que muera esa niña! --- gritó uno de los caballeros---. ¿No vale acaso menos la vida de un niño que la destrucción de muchos? ¿Qué decís vos, rey Connacher?
El rey sabía que las profecías del druida eran exactas, pero la curiosidad que le produjo una belleza tan extraordinaria pudo más que él. Se dirigió a los presentes y dijo, con voz sosegada:
-- No es bueno que los padres vean morir a un hijo. Y tampoco yo debo provocar dolor en el corazón de mis invitados.
Muchos se agitaron, murmurando entre ellos, nada convencidos.
-- Esta niña nacerá -- continuó el rey--. La mandaré criar en un lugar apartado y yo mismo me desposaré con ella cuando crezca. Estando a mi cargo y siendo después mi esposa no podrá causar rivalidad ni daño alguno. Así conseguiré eludir la profecía.
A las dos semanas nació la niña Deirdre. Antes de que transcurriera un año, el rey hizo construir sobre la ladera de un monte alejado una casa de piedra con el techo de paja. Se plantó alrededor de la choza una estupenda huerta rodeada de un muro circular. Deirdre vivía allí cuidada por Levercham, una joven narradora de historias que gozaba de la confianza del monarca y que también se había criado en casa del rey Connacher. El rey confiaba en ella más que en nadie.
Deirdre se crió en los amplios terrenos de caza. Levarcham le enseñó cuanto sabía sobre hierbas, flores, árboles y cielos y también le enseñó a tocar el arpa y a cantar. Deirdre se iba haciendo más paciente y bondadosa cada día. Tenía el pelo carmesí y la piel del color de la miel, como una orquídea dorada. Las mejillas, los labios y las puntas de los dedos mostraban un leve tono de carmín. Contemplarla era descubrir que la mirada se deslizaba, como queriendo aferrar algo de ella que no encajaba con lo demás. Estimulaba la imaginación con miradas o gestos que otorgaban significado especial a los objetos corrientes. Si se arrodillaba para acariciarle la cabeza a un buen perro de caza, se tenía la sensación de que todos los animales eran bondadosos. Su cuerpo revelaba la fuerza de su corazón y era como una mina sin fondo donde poder explorar incesantemente la vida.
Un día del otoño en que Deirdre cumplía quince años, Levercham le dijo que, una vez cumplidos los dieciséis, se casaría con el rey en la primavera siguiente. Eso le entristeció y la hizo deprimirse. Levercham comprendía su desazón.
-- De todas formas, tendrás que casarte con el rey -- le dijo --. Será el gran honor de tu vida.
Deirdre suspiraba y se negaba a comer.
Un día, sentada de madrugada junto a la ventana, Deirdre contemplaba una nevada inusualmente temprana. Un grupo de cuervos descendió de pronto a la huerta y uno de ellos se posó en la nieve para darle picotazos a una hermosa manzana que acababa de caer.
-- Vaya -- dijo Deirdre --, ese cuervo se parece al hombre que vi anoche en sueños. Tenía el pelo oscuro como las cornejas, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como esa manzana. Él será mi marido.
Pero Levercham la llamó, haciendo que se apartara de la ventana, y aquella visión se convirtió en un recuerdo.
Tras aquel lento invierno de cielos grises y trémulos llegó la primavera. Una mañana en que había salido a coger flores silvestres con Levercham a hora temprana. Deirdre oyó una voz que cantaba alegremente. Tres cazadores iban por un sendero que bordeaba el lindero más septentrional del bosque Real. A Deirdre le pareció encantadora aquella canción, pero los cazadores no repararon en su presencia. Viéndolos pasar, Deirdre se fijó en el primero de ellos, que era también el más alto. El cazador se adentró de repente en el bosque y los otros dos prosiguieron su camino.
-- Es el hombre de mi visión -- dijo Deirdre, incrédula.
A los pocos segundos no fue ya capaz de contenerse más y se recogió las faldas a toda prisa para perseguir al cazador que se había adentrado solo en el bosque.
Lo encontró en un amplio claro que había en el bosque. Arriba se extendía una cúpula de altos robles cuyas ramas se tendían entre unos y otros sin llegar apenas a tocarse. Notó en el aire plumoso una fuerza para ella desconocida. Se acercó al cazador, que la observaba ya con atención. Deirdre alzó la mirada hacia él. De reojo vio rayos de luz, descendientes, aunque a ella le pareció que salían de la tierra en dirección al cielo. Se le aceleró el corazón al acercar su blanco rostro al de él. Aguardó un instante y después le dio un beso e hizo un pequeño discurso en voz baja:
-- Te amaré como en épocas pasadas, cuando Dectera amó al arpista verde y se escapó con él para siempre. Mi beso contraría los deseos del rey y me he escapado de casa sin permiso. Con la luna nueva vendrán a llevarme a su palacio para que sea su esposa. Debes llevarme lejos de aquí.
El cazador la miró y dijo:
-- Yo soy Naois, el mayor de los hijos de Uisnach.
Nunca había visto semejante belleza y temblaba al hablarle, pues se había percatado de la identidad de la joven a quien tenía en sus brazos.
-- ¿Acaso no recuerdas la profecía del druida? Todavía te da tiempo a regresar.
-- Para mí este momento vale más que diez vidas enteras con Connacher.
A Deirdre le bastó con mirarle a los ojos una sola vez. Naois resolvió allí mismo entregarle su amor.
Huyeron juntos y se reunieron con los hermanos de Naois. Allen y Arden, quienes, aunque acogieron de buen grado a Deirdre, temieron por su hermano. Juntos llegaron a la misma conclusión de que deberían marcharse esa misma noche, por lo que hicieron acopio de provisiones y partieron a toda prisa, trasladándose por mar a su exilio en Alba, es decir, Escocia.
Naois, Deirdre, Allen y Arden se instalaron en las fuentes del lago Etive. Construyeron una casa de arcilla roja en lo alto de una cascada y le pusieron por nombre Granian Deirdre, que significa "el soleado hogar de Deirdre". Los montañeses de Argyll dieron la bienvenida a los grandes guerreros. Naois atrapaba salmones en el río y ciervos en el valle y Deirdre pensaba que no podría existir nadie tan satisfecho como ellos. Vivieron felices durante muchas lunas.
En Irlanda, el rey Connacher no tenía ya enemigos, pues los había derrotado con la fuerza de las armas o bien había hecho las paces con ellos, con lo que había afianzado su derecho a gobernar. Su país gozaba de prosperidad, pero él se mostraba inquieto. Dos años después de que Naois se exiliase, acudió una noche a ver a Cathbad. El druida lo escuchó en silencio, pues sabía perfectamente lo que apesadumbraba al rey.
El rey Connacher lo expresó de este modo:
-- Nuestros mejores hombres, las tres antorchas gaélicas de Naois, Allen y Arden, no están entre nosotros. No es bueno que estén exiliados sólo por causa de una mujer. Pienso enviar a Fergus mac Roigh para anunciarles que el rey los perdona e invitarlos a volver a Ehmain Macha para una gran fiesta.
-- Que así sea -- dijo Cathbad.
Y así se hizo.
Fergus llegó al lago Etive tres días más tarde portando el mensaje del rey y allí Naois le dio la bienvenida. Fergus comentó las noticias de Ulster. Naois, que deseaba volver a casa más que cualquier otra cosa, sintió una gran nostalgia y fue a ver a Deirdre a un campo verde situado por encima del valle con intención de comunicarle la buena nueva.
Al escuchar a Naois, Deirdre se asustó mucho. Siguieron conversando hasta que tan sólo quedó un pálido atisbo de luz en el cielo del oeste, pero Deirdre se dio cuenta de que estaba decidido a marchar y de que nada podría hacer para impedirlo.
-- Anoche tuve en sueños esta visión: tres cuervos bajaban hacia nosotros desde Emhain Macha. Traían en sus picos tres gotas de miel y se iban con tres gotas de sangre.
-- ¿Qué significa ese sueño?
-- Significa que Fergus viene a ofrecernos una paz dulce como la miel, pero las tres gotas de sangre sois Allen, Arden y tú. Connacher es un adulador y la miel es una trampa mortal.
A pesar de aquella visión, Naois decidió regresar a Irlanda.
-- Dejaremos a un lado nuestras diferencias -- le dijo Naois a Deirdre --. Zarparemos mañana por la mañana.
Deirdre pasó la noche entre sollozos y casi no concilió el sueño.
Por la mañana se reunieron en la costa y Deirdre subió a bordo. Partieron a hora temprana y la niebla se entremezcló con el cielo, adquiriendo la costa de Alba un color azul y después azul claro hasta que poco a poco fueron perdiéndola de vista.
A medianoche brillaba ya la luna llena sobre las velas y el viento tiraba de las cuerdas. Deirdre sacó el arpa y entonó una suave canción. Su tristeza hizo callar a los hermanos, que alzaron los ojos al cielo mientras ella cantaba, tendiendo sus corazones a los astros.
Por fin pudieron contemplar el amanecer sobre los blancos acantilados del norte de Irlanda. Una vez en su tierra, Fergus se adelantó a caballo para comunicarle al rey que habían llegado los hombres a quienes había llamado.
-- Mostradles ahora vuestra bondad -- le dijo.
-- No estoy preparado para recibirlos --contestó Connacher--. Envíalos a la Gran llanura, a la Posada de la Rama Roja. Mi casa estará lista mañana.
Los viajeros se instalaron. A última hora de la noche, el rey Connacher mandó llamar al guerrero Gelban Grednach.
-- Ve a la Posada -- ordenó el rey -- en la que se hospeda Deirdre esta noche y dime si conserva su belleza. Debo saberlo enseguida.
Grednach bajó a la Posada a toda prisa. Sin aliento, se asomó por la ventana para verlos a los cuatro y se fijó en Deirdre. Tan grande era su belleza que jadeó, delatando así su presencia. Naois alzó la mirada y vio a Grednach mirándolos. Cogió unos dados que había sobre la mesa y los arrojó hacia la ventana. Uno de ellos alcanzó a Grednach en un ojo y lo dejó tuerto. Grednach salió de allí dando gritos y volvió corriendo a donde estaba el rey, que caminaba impaciente por su habitación.
Grednach entró con la cara toda ensangrentada.
-- ¿La has visto? -- preguntó el rey.
-- La he visto y, mientras me asomaba, Naois me ha sacado un ojo -- contestó, encogiéndose de dolor.
-- ¿Qué aspecto tiene? -- inquirió el rey.
-- Os diré la verdad. Aun tuerto, de no ser por vuestra urgente petición mi único deseo habría sido seguir allí contemplándola durante toda la vida.
Connacher montó en cólera e hizo que se reunieran enseguida cien valerosos hombres en su salón.
-- Id al punto a la Posada. Matad a los forasteros y traedme viva a Deirdre o moriréis todos.
Los guerreros se aprestaron para la batalla. Sin que el rey lo supiera, Levercham había estado oculta entre todos ellos y se adelantó a todo correr para avisar a los Hijos de Uisnach.
-- Mis hermanos y yo lo impediremos -- dijo Naois al enterarse.
Así pues, hicieron rápidos preparativos para la batalla. Salieron al gran llano armados hasta los dientes, avanzaron por el campo y se escondieron tras una hilera de árboles.
esde que existe el mundo los hombres llevan milenios guerreando entre sí, pero esa noche no había hombres tan en desventaja como los Hijos de Uisnach. Empero, no es menos cierto que tampoco los había de corazón tan noble. De hecho, si hubiera que medirlos por su espíritu, cada uno de los hermanos equivalía a veinte guerreros normales.
Los guerreros del rey aparecieron rápidamente en el lindero del llano y los jóvenes héroes entraron directamente en la lid. Sus espadas refulgían en la oscuridad con ígneos destellos azulados, tan soliviantados tenían los ánimos los que habían sido traicionados. Con el entrechocar de las espadas resultaba imposible distinguir quién desafiaba a quién y la hierba se empapó de sangre hasta quedar convertida en un gran charco resbaladizo. Al terminar la batalla, los hermanos habían conseguido abatir a los cien.
Connacher llegó al lindero del llano y prorrumpió en exclamaciones de ira, pero los Hijos de Uisnach y Deirdre ya regresaban a casa atravesando en la oscuridad la gran llanura.
El rey mandó llamar a Cathbad el druida y, esforzándose por conservar la calma, le dijo:
-- Deténlos o haré que te destierren para siempre.
Sin decir palabra, Cathbad puso manos a la obra e hizo crecer en llanura un bosque lleno de tupidos matorrales, pero los hermanos lo atravesaron con facilidad, como si no hubiera más que aire.
Convirtió después la llanura en un mar de aguas gélidas. Los hermanos se quitaron la camisa, Deirdre se encaramó a los hombros de Naois y nadaron contra el rugir de la corriente. Su velocidad no disminuyó y los hermanos avanzaron tan aprisa como lo habían hecho antes a pie.
Al ver aquello, el rey frunció el ceño y el druida temió por su vida. Alzó los brazos y el mar se convirtió en piedra, disparándose al aire rocas afiladas como espadas que entrechocaban con gran estrépito, como monstruosas muelas de un enorme gigante de granito.
Los hermanos corrieron sobre las piedras, resbalando y cayendo en múltiples ocasiones. Por último, el más joven de ellos, Allen, lanzó un grito de dolor y Naois lo cargó sobre su hombro derecho, aunque no tardó en morir. Naois no lo soltó sino que siguió llevándolo sobre el hombro. Buscó con la mirada a Arden, pero, para desgracia suya, vio que también había muerto y eso le arrebató el deseo de vivir. A causa de las heridas o de la pena o, seguramente, de las dos cosas juntas, Naois se desanimó y resbaló entre dos piedras. Tendido entre las hirientes rocas, cayó presa de un total desaliento y murió sin decir palabra. En ese preciso momento, la llanura volvió a ser hierba.
-- Ya se ha ido -- dijo Cathbad --. Los Hijos de Uisnach han muerto y ya no os molestarán más.
Dicho esto, el druida volvió a desaparecer en la noche.
El rey fue a contemplar a Deirdre con sus propios ojos. La encontró arrodillada sobre Naois y sus hermanos, sollozando sin palabras. Sin dejar que se recuperase de su profundo dolor, el rey ordenó que la llevasen a su palacio y la encerraran. Después hizo cavar una tumba para los hermanos en el mismo lugar en que yacían. Se colocó en aquel lugar un menhir sobre el cual se grabó el nombre de Uisnach.
Cumplida la profecía, Deirdre permaneció una quincena en la residencia de Connacher. No podía comer ni conciliar el sueño. Transcurridos treinta días, llegó el invierno y un suave manto de nieve cubrió el mundo que divisaba a través de su ventana. Deirdre pidió a un guerrero que le trajese su arpa y allí, sola en su cuarto cerrado, le cantaba a Naois en voz baja, pues sabía que moriría en cuando Connacher lo ordenase. Dirigiendo la vista a la vasta llanura vacía, cantaba:

In skies of frozen snow  Where winds of sadness roam  Red sun's burning low  You were my home  Where I would go  In green fields  Now unknown  Your name upon  The standing stone  Love invites  One last call  When death from life  Begins to fall  The streams no longer go  To tides of distant seas  No love can grow old  Without memories  Your arms, my home  Where I would sleep  In green fields  Now unknown  Your name upon  The standing stone  Love invites  One last call  When death from life  Begins to fall  All my tears  Now unfold  How can I now  Alone grow old  Dusty stars  Shed their lights  When death from life  Slips silently to the night En cielos de gélida nieve  por los que vagan vientos de tristeza arde débilmente un sol rojizo. Fuiste mi hogar allá donde yo iba. En campos verdes ahora desconocidos, con tu nombre sobre el menhir, el amor invita a una última llamada cuando la muerte comienza a caer de la vida. Los arroyos no van ya  a mareas de mares lejanos. Un amor no puede envejecer sin recuerdos: tus brazos, mi hogar en que dormía En campos verdes ahora desconocidos, con tu nombre sobre el menhir, el amor invita a una última llamada cuando la muerte comienza a caer de la vida. Todas mis lágrimas se despliegan ahora. ¿Cómo podré ahora envejecer yo sola? Vierten sus luces los astros polvorientos cuando desde la vida va la muerte en su silencio deslizándose lentamente a la noche Por la mañana, cuando quiso llamarla el rey, Deirdre estaba ya muerta. El rey la hizo enterrar en las colinas en que había pasado su infancia. Pero un pequeño grupo de gente acudió de noche, clandestinamente, y la llevó a la Gran Llanura, a otra tumba contigua a la de Naois. La gente señaló las dos tumbas clavando sendas estacas de madera en el suelo.
Dos años más tarde crecían junto al menhir dos hermosos tejos. Aunque entre sus bases había una separación de dos metros, los troncos habían crecido juntos y entrelazados. Unidos por sus ramajes, formaban un sólo árbol. Aunque la piedra se convirtió ya en polvo, los árboles siguen aún vivos en ese lugar.