Bosque...

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domingo, 6 de mayo de 2012

Una de recuerdos, La Leyenda de Deirdre

Me acaba de venir a la mente esta bonita leyenda céltica. Aquí os la dejo, dedicada a mi amiga Peña, a la que tengo un tanto dejada pero nunca olvidada. Pulsa el play para escuchar la música del disco del que extraje la leyenda...




La leyenda de Deirdre

En Irlanda, hace ya mucho tiempo, el rey Connacher, de la familia Ulster, se encontraba en el Gran Salón de su palacio subido a una tarima hecha con madera de viejos robles. Finalizado ya el día, el crepúsculo marcaba el comienzo del Samhaim. Más de mil personas se habían congregado y reinaba una alegre algarabía mientras los criados del rey se preparaban para la primera noche de la fiesta. Los caballeros del rey, los Caballeros de la Rama Roja, habían dejado sus armas y sus cotas de malla para unir sus voces, entonando canciones de grandes aventuras. A pesar del regocijo imperante, Cathbad, el druida, se encontraba solo en la ventana arqueada de piedra contemplando con mirada distante el otro mundo. Tan sólo Malcolm, el arpista del rey, se sentía tranquilo, pues tenía a su esposa Elva embarazada. Estaban sentados los dos en un rincón oscuro del Gran Salón, conversando cariñosamente en susurros.
El rey Connacher alzó su cuerno de vino con ademán de grandeza. Cuando ya se disponía a pedir que comenzase la ceremonia, se oyó un penetrante grito y la estancia quedó en completo silencio. Los caballeros más veteranos desenvainaron sus armas, prestos para la lucha.
--- No os mováis -- ordenó el rey ---. No deis un solo paso hasta que no sepamos la causa de ese ruido.
Cathbad avanzó hacia el Gran Salón y alzó su bastón. Se quitó la capucha de la capa y sus cabellos plateados reflejaron el claro de luna. Su rostro, arrugado como una manzana en invierno, se alzó pausadamente y le dijo al rey:
--- He estado observando esta semana las nubes, la edad de la luna y las posiciones de las estrellas.
Se acercó, después al lugar en que estaba echada Elva. Le puso la mano sobre el vientre y dijo:
-- Es el bebé el que ha gritado. No es un bebé corriente. Es una niña de gran belleza y su nombre será Deirdre. De su belleza surgirá una afilada espada que partirá el árbol de Ulster. Los reyes querrán desposarse con ella y será un desastre. La Rama Roja se dividirá y habrá luchas y guerras por su causa.
Dicho esto, se retiró de nuevo a su contemplación del firmamento.
-- ¡Que muera esa niña! --- gritó uno de los caballeros---. ¿No vale acaso menos la vida de un niño que la destrucción de muchos? ¿Qué decís vos, rey Connacher?
El rey sabía que las profecías del druida eran exactas, pero la curiosidad que le produjo una belleza tan extraordinaria pudo más que él. Se dirigió a los presentes y dijo, con voz sosegada:
-- No es bueno que los padres vean morir a un hijo. Y tampoco yo debo provocar dolor en el corazón de mis invitados.
Muchos se agitaron, murmurando entre ellos, nada convencidos.
-- Esta niña nacerá -- continuó el rey--. La mandaré criar en un lugar apartado y yo mismo me desposaré con ella cuando crezca. Estando a mi cargo y siendo después mi esposa no podrá causar rivalidad ni daño alguno. Así conseguiré eludir la profecía.
A las dos semanas nació la niña Deirdre. Antes de que transcurriera un año, el rey hizo construir sobre la ladera de un monte alejado una casa de piedra con el techo de paja. Se plantó alrededor de la choza una estupenda huerta rodeada de un muro circular. Deirdre vivía allí cuidada por Levercham, una joven narradora de historias que gozaba de la confianza del monarca y que también se había criado en casa del rey Connacher. El rey confiaba en ella más que en nadie.
Deirdre se crió en los amplios terrenos de caza. Levarcham le enseñó cuanto sabía sobre hierbas, flores, árboles y cielos y también le enseñó a tocar el arpa y a cantar. Deirdre se iba haciendo más paciente y bondadosa cada día. Tenía el pelo carmesí y la piel del color de la miel, como una orquídea dorada. Las mejillas, los labios y las puntas de los dedos mostraban un leve tono de carmín. Contemplarla era descubrir que la mirada se deslizaba, como queriendo aferrar algo de ella que no encajaba con lo demás. Estimulaba la imaginación con miradas o gestos que otorgaban significado especial a los objetos corrientes. Si se arrodillaba para acariciarle la cabeza a un buen perro de caza, se tenía la sensación de que todos los animales eran bondadosos. Su cuerpo revelaba la fuerza de su corazón y era como una mina sin fondo donde poder explorar incesantemente la vida.
Un día del otoño en que Deirdre cumplía quince años, Levercham le dijo que, una vez cumplidos los dieciséis, se casaría con el rey en la primavera siguiente. Eso le entristeció y la hizo deprimirse. Levercham comprendía su desazón.
-- De todas formas, tendrás que casarte con el rey -- le dijo --. Será el gran honor de tu vida.
Deirdre suspiraba y se negaba a comer.
Un día, sentada de madrugada junto a la ventana, Deirdre contemplaba una nevada inusualmente temprana. Un grupo de cuervos descendió de pronto a la huerta y uno de ellos se posó en la nieve para darle picotazos a una hermosa manzana que acababa de caer.
-- Vaya -- dijo Deirdre --, ese cuervo se parece al hombre que vi anoche en sueños. Tenía el pelo oscuro como las cornejas, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como esa manzana. Él será mi marido.
Pero Levercham la llamó, haciendo que se apartara de la ventana, y aquella visión se convirtió en un recuerdo.
Tras aquel lento invierno de cielos grises y trémulos llegó la primavera. Una mañana en que había salido a coger flores silvestres con Levercham a hora temprana. Deirdre oyó una voz que cantaba alegremente. Tres cazadores iban por un sendero que bordeaba el lindero más septentrional del bosque Real. A Deirdre le pareció encantadora aquella canción, pero los cazadores no repararon en su presencia. Viéndolos pasar, Deirdre se fijó en el primero de ellos, que era también el más alto. El cazador se adentró de repente en el bosque y los otros dos prosiguieron su camino.
-- Es el hombre de mi visión -- dijo Deirdre, incrédula.
A los pocos segundos no fue ya capaz de contenerse más y se recogió las faldas a toda prisa para perseguir al cazador que se había adentrado solo en el bosque.
Lo encontró en un amplio claro que había en el bosque. Arriba se extendía una cúpula de altos robles cuyas ramas se tendían entre unos y otros sin llegar apenas a tocarse. Notó en el aire plumoso una fuerza para ella desconocida. Se acercó al cazador, que la observaba ya con atención. Deirdre alzó la mirada hacia él. De reojo vio rayos de luz, descendientes, aunque a ella le pareció que salían de la tierra en dirección al cielo. Se le aceleró el corazón al acercar su blanco rostro al de él. Aguardó un instante y después le dio un beso e hizo un pequeño discurso en voz baja:
-- Te amaré como en épocas pasadas, cuando Dectera amó al arpista verde y se escapó con él para siempre. Mi beso contraría los deseos del rey y me he escapado de casa sin permiso. Con la luna nueva vendrán a llevarme a su palacio para que sea su esposa. Debes llevarme lejos de aquí.
El cazador la miró y dijo:
-- Yo soy Naois, el mayor de los hijos de Uisnach.
Nunca había visto semejante belleza y temblaba al hablarle, pues se había percatado de la identidad de la joven a quien tenía en sus brazos.
-- ¿Acaso no recuerdas la profecía del druida? Todavía te da tiempo a regresar.
-- Para mí este momento vale más que diez vidas enteras con Connacher.
A Deirdre le bastó con mirarle a los ojos una sola vez. Naois resolvió allí mismo entregarle su amor.
Huyeron juntos y se reunieron con los hermanos de Naois. Allen y Arden, quienes, aunque acogieron de buen grado a Deirdre, temieron por su hermano. Juntos llegaron a la misma conclusión de que deberían marcharse esa misma noche, por lo que hicieron acopio de provisiones y partieron a toda prisa, trasladándose por mar a su exilio en Alba, es decir, Escocia.
Naois, Deirdre, Allen y Arden se instalaron en las fuentes del lago Etive. Construyeron una casa de arcilla roja en lo alto de una cascada y le pusieron por nombre Granian Deirdre, que significa "el soleado hogar de Deirdre". Los montañeses de Argyll dieron la bienvenida a los grandes guerreros. Naois atrapaba salmones en el río y ciervos en el valle y Deirdre pensaba que no podría existir nadie tan satisfecho como ellos. Vivieron felices durante muchas lunas.
En Irlanda, el rey Connacher no tenía ya enemigos, pues los había derrotado con la fuerza de las armas o bien había hecho las paces con ellos, con lo que había afianzado su derecho a gobernar. Su país gozaba de prosperidad, pero él se mostraba inquieto. Dos años después de que Naois se exiliase, acudió una noche a ver a Cathbad. El druida lo escuchó en silencio, pues sabía perfectamente lo que apesadumbraba al rey.
El rey Connacher lo expresó de este modo:
-- Nuestros mejores hombres, las tres antorchas gaélicas de Naois, Allen y Arden, no están entre nosotros. No es bueno que estén exiliados sólo por causa de una mujer. Pienso enviar a Fergus mac Roigh para anunciarles que el rey los perdona e invitarlos a volver a Ehmain Macha para una gran fiesta.
-- Que así sea -- dijo Cathbad.
Y así se hizo.
Fergus llegó al lago Etive tres días más tarde portando el mensaje del rey y allí Naois le dio la bienvenida. Fergus comentó las noticias de Ulster. Naois, que deseaba volver a casa más que cualquier otra cosa, sintió una gran nostalgia y fue a ver a Deirdre a un campo verde situado por encima del valle con intención de comunicarle la buena nueva.
Al escuchar a Naois, Deirdre se asustó mucho. Siguieron conversando hasta que tan sólo quedó un pálido atisbo de luz en el cielo del oeste, pero Deirdre se dio cuenta de que estaba decidido a marchar y de que nada podría hacer para impedirlo.
-- Anoche tuve en sueños esta visión: tres cuervos bajaban hacia nosotros desde Emhain Macha. Traían en sus picos tres gotas de miel y se iban con tres gotas de sangre.
-- ¿Qué significa ese sueño?
-- Significa que Fergus viene a ofrecernos una paz dulce como la miel, pero las tres gotas de sangre sois Allen, Arden y tú. Connacher es un adulador y la miel es una trampa mortal.
A pesar de aquella visión, Naois decidió regresar a Irlanda.
-- Dejaremos a un lado nuestras diferencias -- le dijo Naois a Deirdre --. Zarparemos mañana por la mañana.
Deirdre pasó la noche entre sollozos y casi no concilió el sueño.
Por la mañana se reunieron en la costa y Deirdre subió a bordo. Partieron a hora temprana y la niebla se entremezcló con el cielo, adquiriendo la costa de Alba un color azul y después azul claro hasta que poco a poco fueron perdiéndola de vista.
A medianoche brillaba ya la luna llena sobre las velas y el viento tiraba de las cuerdas. Deirdre sacó el arpa y entonó una suave canción. Su tristeza hizo callar a los hermanos, que alzaron los ojos al cielo mientras ella cantaba, tendiendo sus corazones a los astros.
Por fin pudieron contemplar el amanecer sobre los blancos acantilados del norte de Irlanda. Una vez en su tierra, Fergus se adelantó a caballo para comunicarle al rey que habían llegado los hombres a quienes había llamado.
-- Mostradles ahora vuestra bondad -- le dijo.
-- No estoy preparado para recibirlos --contestó Connacher--. Envíalos a la Gran llanura, a la Posada de la Rama Roja. Mi casa estará lista mañana.
Los viajeros se instalaron. A última hora de la noche, el rey Connacher mandó llamar al guerrero Gelban Grednach.
-- Ve a la Posada -- ordenó el rey -- en la que se hospeda Deirdre esta noche y dime si conserva su belleza. Debo saberlo enseguida.
Grednach bajó a la Posada a toda prisa. Sin aliento, se asomó por la ventana para verlos a los cuatro y se fijó en Deirdre. Tan grande era su belleza que jadeó, delatando así su presencia. Naois alzó la mirada y vio a Grednach mirándolos. Cogió unos dados que había sobre la mesa y los arrojó hacia la ventana. Uno de ellos alcanzó a Grednach en un ojo y lo dejó tuerto. Grednach salió de allí dando gritos y volvió corriendo a donde estaba el rey, que caminaba impaciente por su habitación.
Grednach entró con la cara toda ensangrentada.
-- ¿La has visto? -- preguntó el rey.
-- La he visto y, mientras me asomaba, Naois me ha sacado un ojo -- contestó, encogiéndose de dolor.
-- ¿Qué aspecto tiene? -- inquirió el rey.
-- Os diré la verdad. Aun tuerto, de no ser por vuestra urgente petición mi único deseo habría sido seguir allí contemplándola durante toda la vida.
Connacher montó en cólera e hizo que se reunieran enseguida cien valerosos hombres en su salón.
-- Id al punto a la Posada. Matad a los forasteros y traedme viva a Deirdre o moriréis todos.
Los guerreros se aprestaron para la batalla. Sin que el rey lo supiera, Levercham había estado oculta entre todos ellos y se adelantó a todo correr para avisar a los Hijos de Uisnach.
-- Mis hermanos y yo lo impediremos -- dijo Naois al enterarse.
Así pues, hicieron rápidos preparativos para la batalla. Salieron al gran llano armados hasta los dientes, avanzaron por el campo y se escondieron tras una hilera de árboles.
esde que existe el mundo los hombres llevan milenios guerreando entre sí, pero esa noche no había hombres tan en desventaja como los Hijos de Uisnach. Empero, no es menos cierto que tampoco los había de corazón tan noble. De hecho, si hubiera que medirlos por su espíritu, cada uno de los hermanos equivalía a veinte guerreros normales.
Los guerreros del rey aparecieron rápidamente en el lindero del llano y los jóvenes héroes entraron directamente en la lid. Sus espadas refulgían en la oscuridad con ígneos destellos azulados, tan soliviantados tenían los ánimos los que habían sido traicionados. Con el entrechocar de las espadas resultaba imposible distinguir quién desafiaba a quién y la hierba se empapó de sangre hasta quedar convertida en un gran charco resbaladizo. Al terminar la batalla, los hermanos habían conseguido abatir a los cien.
Connacher llegó al lindero del llano y prorrumpió en exclamaciones de ira, pero los Hijos de Uisnach y Deirdre ya regresaban a casa atravesando en la oscuridad la gran llanura.
El rey mandó llamar a Cathbad el druida y, esforzándose por conservar la calma, le dijo:
-- Deténlos o haré que te destierren para siempre.
Sin decir palabra, Cathbad puso manos a la obra e hizo crecer en llanura un bosque lleno de tupidos matorrales, pero los hermanos lo atravesaron con facilidad, como si no hubiera más que aire.
Convirtió después la llanura en un mar de aguas gélidas. Los hermanos se quitaron la camisa, Deirdre se encaramó a los hombros de Naois y nadaron contra el rugir de la corriente. Su velocidad no disminuyó y los hermanos avanzaron tan aprisa como lo habían hecho antes a pie.
Al ver aquello, el rey frunció el ceño y el druida temió por su vida. Alzó los brazos y el mar se convirtió en piedra, disparándose al aire rocas afiladas como espadas que entrechocaban con gran estrépito, como monstruosas muelas de un enorme gigante de granito.
Los hermanos corrieron sobre las piedras, resbalando y cayendo en múltiples ocasiones. Por último, el más joven de ellos, Allen, lanzó un grito de dolor y Naois lo cargó sobre su hombro derecho, aunque no tardó en morir. Naois no lo soltó sino que siguió llevándolo sobre el hombro. Buscó con la mirada a Arden, pero, para desgracia suya, vio que también había muerto y eso le arrebató el deseo de vivir. A causa de las heridas o de la pena o, seguramente, de las dos cosas juntas, Naois se desanimó y resbaló entre dos piedras. Tendido entre las hirientes rocas, cayó presa de un total desaliento y murió sin decir palabra. En ese preciso momento, la llanura volvió a ser hierba.
-- Ya se ha ido -- dijo Cathbad --. Los Hijos de Uisnach han muerto y ya no os molestarán más.
Dicho esto, el druida volvió a desaparecer en la noche.
El rey fue a contemplar a Deirdre con sus propios ojos. La encontró arrodillada sobre Naois y sus hermanos, sollozando sin palabras. Sin dejar que se recuperase de su profundo dolor, el rey ordenó que la llevasen a su palacio y la encerraran. Después hizo cavar una tumba para los hermanos en el mismo lugar en que yacían. Se colocó en aquel lugar un menhir sobre el cual se grabó el nombre de Uisnach.
Cumplida la profecía, Deirdre permaneció una quincena en la residencia de Connacher. No podía comer ni conciliar el sueño. Transcurridos treinta días, llegó el invierno y un suave manto de nieve cubrió el mundo que divisaba a través de su ventana. Deirdre pidió a un guerrero que le trajese su arpa y allí, sola en su cuarto cerrado, le cantaba a Naois en voz baja, pues sabía que moriría en cuando Connacher lo ordenase. Dirigiendo la vista a la vasta llanura vacía, cantaba:

In skies of frozen snow  Where winds of sadness roam  Red sun's burning low  You were my home  Where I would go  In green fields  Now unknown  Your name upon  The standing stone  Love invites  One last call  When death from life  Begins to fall  The streams no longer go  To tides of distant seas  No love can grow old  Without memories  Your arms, my home  Where I would sleep  In green fields  Now unknown  Your name upon  The standing stone  Love invites  One last call  When death from life  Begins to fall  All my tears  Now unfold  How can I now  Alone grow old  Dusty stars  Shed their lights  When death from life  Slips silently to the night En cielos de gélida nieve  por los que vagan vientos de tristeza arde débilmente un sol rojizo. Fuiste mi hogar allá donde yo iba. En campos verdes ahora desconocidos, con tu nombre sobre el menhir, el amor invita a una última llamada cuando la muerte comienza a caer de la vida. Los arroyos no van ya  a mareas de mares lejanos. Un amor no puede envejecer sin recuerdos: tus brazos, mi hogar en que dormía En campos verdes ahora desconocidos, con tu nombre sobre el menhir, el amor invita a una última llamada cuando la muerte comienza a caer de la vida. Todas mis lágrimas se despliegan ahora. ¿Cómo podré ahora envejecer yo sola? Vierten sus luces los astros polvorientos cuando desde la vida va la muerte en su silencio deslizándose lentamente a la noche Por la mañana, cuando quiso llamarla el rey, Deirdre estaba ya muerta. El rey la hizo enterrar en las colinas en que había pasado su infancia. Pero un pequeño grupo de gente acudió de noche, clandestinamente, y la llevó a la Gran Llanura, a otra tumba contigua a la de Naois. La gente señaló las dos tumbas clavando sendas estacas de madera en el suelo.
Dos años más tarde crecían junto al menhir dos hermosos tejos. Aunque entre sus bases había una separación de dos metros, los troncos habían crecido juntos y entrelazados. Unidos por sus ramajes, formaban un sólo árbol. Aunque la piedra se convirtió ya en polvo, los árboles siguen aún vivos en ese lugar.


lunes, 4 de julio de 2011

Terry Pratchett y LA MUERTE


No, no es Gandalf, es T. Pratchett

   Sir Terence David John Pratchett (ufff, lo que se aprende con la wikipedia) es un escritor británico de fantasía y ciencia ficción y todavía no está muerto.
   Yo empecé a saber de él una tarde de invierno de finales de 1995, principios de 1996, no recuerdo exactamente. Había leído en la mítica Micromanía un artículo sobre un nuevo juego para pc sobre magos, dragones y fantasía. El contexto parecía muy peculiar y el artículo me había llamado la atención, así que cogí el dinero que tenía para "emergencias informáticas" (caprichos, se entiende) y me dirigí (en transporte público, por supuesto) a la tienda de Mail Soft (ahora Game) más próxima, en la calle atocha de Madrid.

Irresistible portada
   Al llegar a la tienda hice el típico reconocimiento general haciéndome el despistado hasta que mi vista se topó con una peculiar caja de fondo azul. En ella se distinguía una tortuga con unos elefantes encima que a su vez sostenían una especia de mundo y delante un mago y algo parecido a la Muerte guadaña en mano montados sobre un baúl con patas... ¿Quién en su sano juicio se resistiría a tal portada? Así que vencí mis instintos ahorrativos y después de cinco minutos (eran otros tiempos) conseguí que alguien en la tienda me hiciera caso y hacerme con el ansiado juego. El juego venía en unos quince disquetes (no había llegado aún la época del CD), con lo que instalarlo era algo tostón, pero una vez realizada la pesada labor y resuelto un pequeño problema con el ratón, me sumergí en esa loca y endiablada aventura gráfica. Además, unos días después de comprar el juego me llegó a casa un misterioso paquete con una figura muy especial en el interior. LA MUERTE. Fue el principio de todo...
   Poco después, en una de mis incursiones a Madrid en busca de libros, encontré en el sótano de oportunidades del Corte Inglés lo que se podría llamar el santo grial de las ofertas literarias, los lotes de libros de fantasía de Martínez Roca a un precio irrisorio. Y entre ellos, los libros del Mundodisco. Como curiosidad, los dos primeros libros de la serie, en pasta blanda, me costaron cada uno lo mismo que los seis siguientes en pasta dura... cosas de las liquidaciones... en fin, siguiendo con mi historia de tío cebolleta (lo de abuelo aún está lejos), me hice con los once primeros libros del mundodisco (Eric no se había publicado por entonces) y me dispuse a devorarlos con ansia y curiosidad. A partir de entonces todo cambió. La gente, que ya en ocasiones me miraba raro cuando me desternillaba de risa por las mañanas escuchando a Gomaespuma en el autobús, empezó a mirarme raro también en el tren, imagino que por la sonrisa constante y la risa ocasional que me provocaba la lectura de esos libros.

LA MUERTE junto a algunos libros...

   Así pasó el tiempo hasta que, en el verano de 1997, fui a hacer un curso de perfeccionamiento de inglés a Scarborough, en Inglaterra. Junto a mi amigo Jesús, ya convertido previamente al Pratchettismo, fuimos de librería en librería arramplando con cada libro de Terry Pratchett que veíamos. No recuerdo muy bien pero me debí traer otros seis o siete libros en ese viaje. Allí descubrirmos mis dos libros favoritos de Pratchett, "Interesting Times" y "Small Gods".
   Y con el tiempo fueron trayéndolos también a España, primero en inglés, dónde era fácil encontrarlos en La Casa del Libro y unos cuantos años después, en castellano, como muchos sabéis. En mayo de 1999 comencé a usar internet y poco a poco me fui encontrando con más Pratchettianos... hasta presté alguno de mis libros a un goblin cordobés aprendiz de pratchettiano que aún les debe estar sacando brillo en la estantería de su casa... ¬_¬'. ¿Moraleja? Los libros se compran, se cogen de la biblioteca o se regalan, pero nunca nunca se prestan, hay muchas probabilidades de quedarte sin ellos...
  
    La muerte ha sido un tema tratado con frecuencia en sus novelas, de tal forma que su personificación, LA MUERTE, se ha convertido en uno de los personajes más populares de la saga, por su carisma, su especial sentido del humor y visión de la vida y la muerte y, claro está, por hablar en mayúsculas. Hay varios libros que giran en torno a su figura, como Mort, cuando se toma unas vacaciones, o El Segador, cuando es más o menos despedido... Para más detalles, lee los libros...
   Durante años, Pratchet fue publicando entre uno y dos libros por año y algunas de sus obras han sido versionadas en teatro y televisión. A finales de 2007, Pratchett anunciaba que padecía un extraño caso de Alzheimer prematuro, pero confirmaba con su peculari sentido del humor que no estaba muerto y que seguiría atendiendo sus compromisos según pudiera.
   Al hilo de esto, recientemente Pratchett ha rodado un documental sobre el controvertido tema de la eutanasia. El documental está en inglés sin subtitular, pero se entiende muy bien (sobretodo si sabes inglés, claro), es duro pero muy ilustrativo. Aquí os lo dejo sacado de Youtube.



   Una de las cosas que comenta Pratchett en el documental, es que no está seguro de si querrá seguir viviendo una vez que no se vea capaz de escribir. Actualmente ya no puede teclear sus libros, sino que se los tiene que dictar a su asistente. Llegará el momento en el que tampoco los pueda dictar porque su cabeza no le responda... dice que quiere vivir mientras pueda disfrutar y escribir sus historias... vivir mientras pueda exprimir el jugo a la vida y después, morir...
   Imagino a Terry márchandose de este mundo y tirando de la túnica a la MUERTE, diciendo, oye, estoy aquí, no me ignores... y la MUERTE cepillando a Binky y haciéndose la longui, ignorando al maestro, mientras la muerte de las ratas la mira con cara de reproche, hasta que resignada, le libera y le envía al otro mundo, a un paraíso con muchas amazonas semidesnudas... espero que dentro de muchos años...

   Para mí siempre será especial, inspirador, hermano de notas al pie, enemigo de mi economía, aliado de los carpinteros (por lo que ocupan sus tropecientos libros en las estanterías), manantial de citas literarias (pincha ahí si quieres leer alguna)  Pratchett Quote File y sobretodo un gran ladrón de sonrisas. Gracias siempre.
  

viernes, 28 de enero de 2011

El Goblin

Y para los nostálgicos, es decir, para mí mismo un cuento que escribí hace unos años, "El Goblin", narrado en el antiguo programa de M80 Radio "Cuento Contigo", por la dulce voz de Alicia Sánchez.

 
También por escrito, por supuesto...

El Goblin - Raúl Doblas Prades
Me sentía fatal. Me sentía fatal por no tener un nombre. Me sentía fatal por conocer mi futuro. Por conocer algo que no existía.

Nadie se preocupa por nosotros. Somos feos, desagradables, malvados, estúpidos y cobardes. Aunque somos temibles en el combate, por nuestras tácticas irracionales y suicidas. Yo no soy diferente de los demás, ni más listo ni mejor, odio la bondad tanto como ellos y soy un fanático del caos... pero algo controla mi débil mente. ¡Maldita sea lo que me permitió ver el futuro! Mis torpes y vagas ideas se ven transformadas en frases comunes. Es difícil de soportar, pero debo hacerlo en solitario. De todas formas, la respuesta más probable a mi relato sería un eructo o el lanzamiento de un hacha...

En la última semana habíamos estado muy activos. El comandante humano que controlaba nuestras hordas nos había dado permiso para que nos divirtiéramos, y habíamos arrasado decenas de aldeas. Disfrutábamos destrozando las frágiles chozas de barro y paja, violando a las repulsivas mujeres humanas para satisfacernos con sus ahogados gemidos de desesperación y quemando vivos a aquellos que osaban hacernos frente con sus azadas y rastrillos. Esos eran nuestros momentos de gloria, cuando sentíamos el respeto que impone el terror...



El día que nos encomendaron aquella cacería el viento soplaba del Norte. Por lo general, esto significaba que sufriríamos un intenso frío. Nos enfundamos nuestras apestosas pieles y marchamos a la caza de los confiados viajeros. Un ruidoso grupo formado por treinta goblins aullábamos sedientos de sangre. Nadie nos pediría que trajésemos a las víctimas vivas. Hubiera sido en vano. Las hachas, que aún goteaban el caliente caldo rojizo de la última carnicería, centelleaban con las primeras luces del alba. Para cuando llegamos al lugar donde debíamos aguardar a los futuros cadáveres, éramos tan sólo veintiocho goblins. Dos de ellos habían muerto en una absurda riña acerca de quién segaría el primer brazo. Su demostración de habilidades resultó poco... convincente.

Por fin aparecieron los tres viajeros, dos humanos y una humana. Ellos sí tenían nombres. Ellos sí tenían un pasado y un futuro. Aunque este último parecía ser el filo de nuestras hachas... Tras un estridente berrido, nos abalanzamos sin ningún orden ni estrategia, convencidos de nuestra victoria. Cuatro goblins acometieron sobre la mujer, que ágilmente se agarró a la gruesa rama de un árbol y derribo a dos de ellos con un doble puntapié. Cuando uno de los dos restantes se disponía a ensartarle el hacha en la espalda, el humano que se encontraba junto a ella sacó su reluciente espada y segó el brazo ejecutor del goblin, que cayó dolorido. El cuarto atacante aprovechó para decapitar a su incapacitado compañero, del cual envidiaba sus enormes botas de piel de serpiente. Satisfecho con su botín, se internó en la espesura, huyendo del combate. En aquel momento, todos los goblins restantes, unos quince, después de la excitación de los primeros momentos (nosotros los goblins no hacemos miramientos a la hora de matar), arremetimos contra los humanos, que se cubrían las espaldas con un gigantesco árbol. El humano al que llamaban Sario se batía de forma espléndida. Con una increíble agilidad y destreza, manejaba su pesada espada hiriendo e inutilizando a cuanto goblin intentaba atacarle. El par de hachas que pasaron junto a su cabeza para acabar perforando el tronco del árbol no le hicieron modificar un ápice su táctica de no matarnos, sino inutilizarnos. Quizá ignoraba que un goblin inutilizado era un goblin muerto, pero... ¡esas deducciones están más allá de mis capacidades! ¡Odio profundamente a quien me concedió este maldito don! La mujer, llamada Irina, parecía danzar mientras manejaba diestramente el cuchillo con la mano izquierda, efectuando constantes fintas para evitar las torpes acometidas de mis compañeros. Sorprendentemente, en pocos minutos ya sólo quedábamos cinco goblins en pie, los goblins que, inmovilizados ante la mirada de aquel tercer personaje, habíamos contemplado atónitos la derrota de nuestros compañeros. Ya no teníamos nada que hacer allí. No comprendíamos. A mí me empezó a doler la cabeza... Y entonces decidimos hacer lo que cualquier goblin hubiera hecho. Escapar corriendo. Yo fui el último en hacerlo, tras cruzar mi mirada con la de cada uno de mis enemigos y sentir algo que me hacía pensar... y odiar, que para un goblin es lo mismo. Pero este odio...



Llegamos al campamento a mediodía, después de haber saqueado a nuestros compañeros moribundos. Éramos ya sólo cuatro, pues uno de nosotros había sufrido un desgraciado accidente... al chocar su cabeza con un hacha que pasaba por allí...

El comandante pareció satisfecho de nuestro relato. Él era muy inteligente, sabía leer, y además podía visualizar la realidad que nosotros exagerábamos en un intento desesperado por salvar el pellejo. El comandante murmuró algo acerca de que todo marchaba según lo previsto y con una gran sonrisa nos felicitó y se retiró a su tienda.

El comandante humano también tenía un nombre. Ellos tienen. Nosotros no. Esa es la diferencia.

A la caída de la tarde, a los cuatro supervivientes nos prepararon un delicioso festín por el éxito de nuestra misión. Jamás he comido mejor. Y aquella noche... aquella noche soñé. Soñé que tenía un nombre, que no era un mero comparsa de una gran leyenda. Soñé con hacer algo importante. Soñé que degollaba al comandante y su sangre inundaba mi rostro mientras me sumergía en sus entrañas. Porque, al fin y al cabo, soy un goblin. Porque, al fin y al cabo, fuimos ejecutados al amanecer...