Bosque...

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martes, 1 de mayo de 2018

El maletín (relato breve)


A continuación os dejo un relato breve que escribí el año pasado para el concurso "La ciencia y yo". Reescribiendo la historia... :-P. Como siempre, si no os gusta sois libres de mentir...



El maletín

Llegaron hasta el hangar a buen paso, sin mirar atrás. Juan estaba sorprendido de la energía de aquel frágil hombrecillo que sujetaba con firmeza el maletín, cuyo contenido podría cambiar, de manera radical, la historia de la humanidad. El anciano aflojó el paso en cuanto entró a la nave e inspiró profundamente, rememorando fugazmente lo que había ocurrido durante su tiempo de reclusión.

Isaac Peral
Había sido el último de los caprichos de “El canciller de Hierro”. Cuarenta años atrás, en el año 1895, con Bismarck ya fuera del panorama político, Isaac había recibido aquella misteriosa carta llena de promesas imposibles. A continuación, llegaría el viaje a Berlín para luchar contra su cáncer, la milagrosa curación de aquel tumor letal... y, posteriormente, el fingimiento de su muerte y su incansable labor en el perfeccionamiento de los submarinos alemanes, disfrutando a su manera de aquella prórroga que quién sabe si Dios o el diablo le habían otorgado. Como buen hombre de honor, había mantenido su palabra y puesto a disposición de sus salvadores todo su ingenio y sabiduría. Ellos, a su vez, siempre le habían tratado con respeto y le habían facilitado el acceso a una vida austera pero reconfortante.

Sin embargo, todo había cambiado en los últimos meses. Isaac estaba cansado, hastiado del yugo por el que se veía lastrado ante la férrea mano de aquel imberbe joven de mente brillante y corazón de ceniza, Wernher Von Braun, maldita fuera su estampa y de aquel otro hombre de mirada de odio y bigote ridículo que les visitaba con frecuencia, Adolf Hitler.

Surgían las primeras luces del alba, cuando Juan sacó a Isaac de su ensimismamiento y apremió al anciano para que se acercara al autogiro. Solo disponían de unos minutos antes de que los alemanes se apercibieran de su fuga. El estruendo de las hélices del aparato haría pronto sonar las alarmas. Afortunadamente, una vez en el aire, nada podría detenerlos. Tendió una mano al hombrecillo y le ayudó, no sin dificultad, a subirse al asiento trasero de la aeronave.

Juan de la Cierva y su autogiro
La sorpresa para Juan había sido colosal. Tras la visita de cortesía a aquellas impresionantes instalaciones, el señor de la Cierva se había reunido con Von Braun en aquella planta a las afueras de Colonia, para hablar de negocios y de nuevas ideas que revolucionarían el panorama aéreo. Allí había reconocido, para su sorpresa, el avejentado rostro de su compatriota, el maestro Peral. Poco quedaba ya de aquel personaje que destacaban los libros de historia, pero en su mente seguía brillando la luz del ingenio. Cuando este acudió a él y le contó lo del maletín que acababa de robar y los secretos atroces que escondía, no pudo evitar echarle una mano a su compatriota.


El aparato despegó justo en el momento en el que sonaron las primeras alarmas. Los aletargados soldados empezaron a correr hacia el hangar, gritando “schnell, schnell!” y “halt!”. Juan e Isaac sobrevolaron el hangar y volaron rumbo oeste, hacia Londres. Isaac miraba los campos con una mezcla de horror y pasión.

Cuando aterrizaron, procuraron a Isaac una identidad secreta y custodiaron la información debidamente, o eso creían. Cierto día, en una de sus prácticas, el autogiro de Juan sufrió un terrible accidente que acabó con su vida. Preocupado, Isaac corrió a la oficina postal para enviar un telegrama urgente. A continuación, vació el contenido del maletín sobre las aguas del Támesis, con la idea de dirigirse después a la estación de Victoria para tomar un tren que le llevara hacia el puerto más cercano. Era el momento de regresar. Se apercibió demasiado tarde de aquella sombría figura que emergió a pocos pasos de él, apuntándole con una pistola y exigiéndole el maletín. Isaac se aferró a él con fuerza y se abalanzó sobre el puente con la intención de lanzarse al río, pero se quedó paralizado al sentir como la sangre resbalaba por su sien y la vida se le escapaba.

Hitler se precipitó sobre el maletín y lo abrió con ansia. Tras unos momentos de ira por hallarlo vacío, se aproximó al anciano y le hurgó los bolsillos, hasta encontrar la copia del telegrama. Estaba dirigido a Ignacy Mościcki, presidente de Polonia. Hitler se echó la mano al bolsillo y desplegó un mapa. Lo extendió sobre el suelo y dibujó una gran esvástica sobre todo el continente europeo. A continuación, hizo un círculo sobre la ciudad que, si todo salía bien, le daría la gloria y el poder absoluto. Varsovia.



jueves, 17 de mayo de 2012

Calíope, versión fotocómic.


Aquí os dejo mi última ocurrencia, la versión de Calíope en fotocómic con un toque de humor. Pulsad sobre la portada para ir al documento. Por cierto, Jajajanews is coming...


martes, 26 de julio de 2011

Una historia de amor

He recuperado de mis viejas cintas esta vieja historia corta, leída en el programa Cuento Contigo, de M80 radio, el 22-2-1998. Si bien no es la más fina ni la mejor, es a la que más cariño le tengo. Podéis escucharla también en mi Podcast de Spotify: Podcast tributo a Cuento Contigo


Una historia de amor - Raúl Doblas Prades

Pedro tenía una auténtica fobia a las avispas. Él siempre decía: ponme delante una docena de leones muertos de hambre o tráeme una manada de tiburones y yo los preferiré antes que a una avispa. Aparte de su pequeña broma con truco, lo cierto es que Pedro no podía soportar la proximidad de este insecto. Tal era su febril obsesión, que en primavera y verano raramente salía de casa, y cuando lo hacía era para dirigirse a recintos cerrados en los que difícilmente pudiera encontrar a sus enemigas. Por supuesto, se trasladaba en coche a cualquier sitio, era impensable verle caminar por el campo y apenas si abría las ventanas unos minutos para ventilar. Debido a tan extrañas circunstancias, daba la casualidad de que yo era su única amiga. Él no lo sabía, pero yo ya estaba enamorada de él, a pesar de lo mucho que nos distanciaba. Y es que, en parte, yo me consideraba culpable de sus desgracias, aunque eso ahora ya no importe. Lo único que importaba entonces para mí era hacerle ver que una vida no podía irse al garete por una obsesión. Pero él me ignoraba, y se refugiaba aún más en su mundo solitario. Jamás se le ocurrió a Pedro, o quizá no quisiera pensarlo, que al amparo de la noche no tenía nada que temer.
Su problema iba más allá de una simple fobia y hasta donde puedo llegar le comprendo, pues su vida siempre fue muy dura, especialmente tras la muerte de su familia. Siendo yo quien mejor le conoce, quizá sea justo que te ponga al tanto acerca de estas “tragedias” y sus consecuencias. 
En primer lugar, fue su madre quien perdió la vida de forma trágica al resbalar en la bañera. Pedro, supersticioso como buen sevillano, no tardó en relacionar ese triste suceso con aquella desagradable pesadilla en la que una gran avispa se introducía en su dormitorio en plena noche para aterrorizarle. Tan solo un par de semanas después, la desgracia vino por parte de su mujer y sus dos hijas, que sufrieron un terrible accidente de tráfico que no admitió supervivientes. La autopsia determinó que una picadura de avispa había sido el detonante de la pérdida de control del coche.
A partir de entonces vino la depresión, el aislamiento, y solo yo me quedé cerca de él. Su profesión de experto informático le facilitaba este tipo de vida. Aunque yo no lo entendía, me alegraba de estar allí, cerca, a pesar de que el jamás diera señal de apercibirse de mi presencia. Sin embargo, a cada día que transcurría, yo me iba sintiendo más y más atraída hacia él, y solo esperaba algo, una señal, que me permitiera expresarle mis sentimientos.
En una cálida tarde de Agosto me llegó la oportunidad. Entré sin hacer ruido, pensando y soñando en como sería nuestra confrontación cara a cara (válgame el término) en la que habría de expresarle mi amor, con ilusión y también con temor. Me acerqué a él, lentamente. Estaba absorto ante la pantalla del ordenador, y casi parecía que no existiera nada más en el mundo aparte de eso. Lejos de sentirme frustrada, decidí hacer un poco de ruido para obligarle a girar la cabeza y mirarme directamente. Así lo hizo, y durante unos segundos, que se hicieron eternos, nos miramos el uno al otro, intentando adivinar lo que circulaba por aquella otra mente. Yo, por mi parte, intenté hacerle comprender lo mucho que le amaba, que mi mayor deseo siempre había sido permanecer junto a él, y que estaba dispuesta a renunciar a todo por él, dispuesta a integrarme en su particular mundo de soledad. Me acerqué un poco más a él.
Su respuesta fue contundente. Con un súbito ardor en sus ojos, Pedro levantó la mano derecha y… me despachurró contra la pared.
Jamás hubiera esperado una reacción así. Mientras una amarillenta y viscosa sustancia surgía de lo que quedaba de mi cuerpo, intenté recordar qué había hecho mal. Lo único que había hecho era luchar por el amor deseado como me enseñaron a hacerlo. El amor no se puede compartir, ese es el dogma que aprendí de pequeña. Su madre absorbía demasiado este sentimiento, pero era asustadiza, y fue fácil hacerla resbalar. Esa noche, además, conseguí estar cerca de mi amado y compartir sus sueños. Entonces comencé a ser feliz. Lo del coche fue algo más arriesgado, pero ese amor era mucho más fuerte y, por lo tanto, más peligroso. Estuve a punto de perder la vida, pero finalmente todo salió bien.
Yo siempre había estado cerca de él, tras una ventana, tras una puerta,… siempre esperando el momento. Y el momento había llegado, y la respuesta había sido dolorosa. Jamás entendería ese arrebato de violencia injustificada, ¿cómo se puede hacer daño a alguien que te ama de todo corazón? Claro que quizá él no lo sabía, quizá me confundía con una avispa cualquiera, esas a las que odiaba tanto. Ahora, cuando todo son recuerdos, he perdonado a Pedro.
Finalmente ha rehecho su vida, ha olvidado su obsesión y se ha integrado en la sociedad. En cuanto a mí, no me puedo quejar, pues he conseguido parte de lo que quería, estar cerca de él. Me puedes encontrar en su casa, en un bonito corcho, junto a las fotos de sus parientes, atravesada por una chincheta. Quizá sí que me quería. A pesar de ser avispa.


jueves, 21 de abril de 2011

Leyendas junto al fuego

Llegó ya la primavera y el sol brilla con más fuerza (aunque no hoy), las noches van siendo más cortas y antes de que nos demos cuenta llegará el solsticio de verano con sus hogueras... cuentan los vientos que al calor del fuego se han narrado siempre las mejores historias y puede que sea así, o quizá sea que el danzar de las llamas nos hipnotiza y nos hace disfrutar más del momento... en cualquier caso, creo que es un buen momento para desempolvar viejas historias improvisadas, narradas en aquellas grandes madrugadas que nos daba el bosque de Sherwood. Aquí os dejo esta "Leyenda junto al fuego" extraída de una noche de chat de la época y editada lo justo para hacerla legible... estoy nostálgico hoy, ¿eh? jaja...

Leyenda junto al fuego...
(por Kalen)
Era una noche tranquila, cuando Isil pronunció la frase mágica que dio rienda al breve relato que a continuación podéis leer. - ¿Vais a contar una historia junto al fuego? - dijo ella, y Yigdrasil comentó que sería hermoso contar una historia junto al fuego... el recuerdo fue inevitable, no podía ser de otra manera, y allí, en el reino de la magia, el reino del eterno verano, allí mismo, animado por el espíritu de mi añorado hogar... , comencé mi relato...
Recuerdo aquella noche de verano, junto a la hoguera. el bosque susurraba, y nosotros descansábamos nuestros ojos en un intenso azul oscuro que envolvía el estrellado cielo, en una noche de luna negra. La noche no presagiaba el final que sobrevendría. Recuerdo que éramos unos siete u ocho, la mayoría de nosotros se encontraban en un avanzado estado de embriaguez, pero la alegría que les inundaba no estaba causada por ese estado. Una paz singular acompañaba la noche en aquel silencioso bosque. ¿No habéis oído hablar del bosque de la esperanza? En aquel bosque, todos los corazones encontraban por momentos sus anhelos, y los fatigados viajeros encontraban su reposo.
- Yo desearía haber estado en ese bosque - dijo Yigdrasil
- Desearía no haber vivido aquello, Yigdrasil, creeme, fue terrible.
La hoguera era hermosa al principio de la velada, pero rápidamente se fue consumiendo, y decidimos adentrarnos en el bosque para encontrar algunas ramas caídas. Muchos se dispersaron por el bosque, en busca de leña... no, no tendría que haber pasado aquello...
- ¿Se perdieron en la oscuridad de la noche, Kalen? - preguntó Yigdrasil con franca curiosidad.
La curiosidad... no, Yigdrasil, fue mucho peor, en la oscuridad de la noche siempre tenemos a las estrellas...
- Estoy intrigada - dijo Isil
El bosque susurraba, como bien dije al principio, susurraba, advertía... pero nadie escuchaba, bueno, casi nadie. Ellos le traicionaron... En lo más profundo del bosque encontraron un árbol centenario, un árbol de ramas grandes y secas, sin hojas, y para ellos, muerto. Pensaron que sería la única manera, la más fácil, de solucionar el problema de la leña... y empezaron a talar el árbol. Entonces, el bosque comenzó a gemir y de las hojas de los árboles de su alrededor se desprendían hojas de rocío... el bosque se lleno de lamentos centenarios que hicieron temblar de terror a los imprudentes, que, inmóviles con la leña en las manos, se daban cuenta de su terrible error. Las raíces del árbol centenario emergieron y se tragaron a mis compañeros.
- Siempre todo error se paga de alguna forma, Kalen, el bosque se vengó de la imprudencia de vuestros compañeros - señaló Yigdrasil. - ¿No los volvisteis a encontrar?
Con el tiempo, en ese lugar, crecería otro árbol que también llegaría a ser centenario... porque la esperanza nunca se termina... pero eso es otra historia, para otro día, y mis ojos, cansados de llorar, os lo revelarán en otro momento. No volví a ver a mis compañeros, claro está, pero el bosque y ese árbol, legado de la imprudencia de mis compañeros, siguen allí.
- ¿Y cómo es que vos os salvasteis Kalen? - preguntó Isil sensatamente.
- Miré a las estrellas y ellas me hicieron comprender al bosque a tiempo. Escuché el silencio... y además, yo nunca necesité leña que avivara mi corazón...
Gracias por escucharme, es la primera vez que este recuerdo me asalta a la mente. Hace tanto tanto tiempo...

sábado, 5 de febrero de 2011

Libros de la niñez...

 Recientemente he terminado de leer (sí, de nuevo en el ebook) "El sobrino del mago", la primera novela (en orden cronológico de lectura) de las Crónicas de Narnia. En este caso no voy a poner la sinopsis porque es un libro muy cortito y no quiero desvelar nada, pero es un libro que me ha dejado buen sabor de boca (recomendable para los que les guste la fantasía y volver a sentirse niños...) y me ha hecho recordar, por la forma en la que está escrito, mis lecturas de mi niñez...
Hoy quiero hablar de esos libros que, bien por haberlos leído y releído veinte veces o bien por lo que supusieron en su momento, se han guardado con cariño en mi memoria...

El primer libro que quiero mencionar es Fray Perico y su borrico, de Juan Muñoz Martín. Es la historia de un fraile torpe, inocente y bonachón que con sus ocurrencias y aventuras cambia para siempre la historia de un convento. En su época debí leérmelo como cinco o seis veces y siempre me hacía reír o me provocaba alguna sonrisa. Le tengo un gran recuerdo.


Otro de la misma colección que también recuerdo con cariño es el libro de Las aventuras de Vania el forzudo, de Otfried Preussler, que narra las aventuras de un joven oriental que adquiere una fuerza increíble a base de comer pipas de girasol y emprende un viaje lleno de aventuras con el fin de llegar a ser zar... y a mí con lo que me gustaban las pipas... ufff, pero nada, eso sólo le pasaba a él, yo sigo siendo un tirillas de brazos... ^_^`




Del siguiente libro no tengo carátula, porque sospecho que ya dejó de editarse y porque desgraciadamente ya no lo conservo.... Se trata de Historias de Jorge, de Santiago Pérez Minocci (Ediciones distribuiciones Fraile, colección Baúl de Aventuras). Narra en clave de humor las aventuras y ocurrencias de un muchacho llamado Jorge, con su hermano, su familia, en la escuela, mostrándonos esa vida y costumbres que había hace ya algunas décadas a través de los ojos y travesuras de un niño.

Curiosamente, el libro que voy a mencionar ahora nunca lo he tenido y solo lo leí una vez, pero fue el que terminó de descubrirme el mundo de la ciencia ficción y lo disfruté mucho. Se trata de Shakanjoisha, de Jordi Sierra i Fabra, un mundo mágico y maravilloso de luz y oscuridad. Con mis trece años me parecía lo más de lo más (a continuación me leí la historia interminable y el hobbit y ya me sentí el más feliz del mundo ante las posibilidades... jaja...).


Pero si hay un libro que hizo que mi mente se llenara de sueños e ideas ese es "La historia interminable", de Michael Ende. Poco hay que decir que no se sepa ya de este libro, aunque creo que es una pena que la película no le hiciera la justicia que merece, principalmente en cuanto a la segunda mitad del libro, que queda totalmente ignorada...





Esos son solo unos ejemplos de los muchos libros que tuve la suerte de leer de pequeño. No me quiero olvidar de los Hollister, los Bobsey, los Cinco y los Siete Secretos, Rubicún, Los hijos del vidriero, Asterix, etc., etc. Después llegarían El Hobbit, El Señor de los Anillos... y otros tantos que merecen espacio propio para otro momento y lugar...

¿Cuáles fueron los tuyos?



viernes, 28 de enero de 2011

El Goblin

Y para los nostálgicos, es decir, para mí mismo un cuento que escribí hace unos años, "El Goblin", narrado en el antiguo programa de M80 Radio "Cuento Contigo", por la dulce voz de Alicia Sánchez.

 
También por escrito, por supuesto...

El Goblin - Raúl Doblas Prades
Me sentía fatal. Me sentía fatal por no tener un nombre. Me sentía fatal por conocer mi futuro. Por conocer algo que no existía.

Nadie se preocupa por nosotros. Somos feos, desagradables, malvados, estúpidos y cobardes. Aunque somos temibles en el combate, por nuestras tácticas irracionales y suicidas. Yo no soy diferente de los demás, ni más listo ni mejor, odio la bondad tanto como ellos y soy un fanático del caos... pero algo controla mi débil mente. ¡Maldita sea lo que me permitió ver el futuro! Mis torpes y vagas ideas se ven transformadas en frases comunes. Es difícil de soportar, pero debo hacerlo en solitario. De todas formas, la respuesta más probable a mi relato sería un eructo o el lanzamiento de un hacha...

En la última semana habíamos estado muy activos. El comandante humano que controlaba nuestras hordas nos había dado permiso para que nos divirtiéramos, y habíamos arrasado decenas de aldeas. Disfrutábamos destrozando las frágiles chozas de barro y paja, violando a las repulsivas mujeres humanas para satisfacernos con sus ahogados gemidos de desesperación y quemando vivos a aquellos que osaban hacernos frente con sus azadas y rastrillos. Esos eran nuestros momentos de gloria, cuando sentíamos el respeto que impone el terror...



El día que nos encomendaron aquella cacería el viento soplaba del Norte. Por lo general, esto significaba que sufriríamos un intenso frío. Nos enfundamos nuestras apestosas pieles y marchamos a la caza de los confiados viajeros. Un ruidoso grupo formado por treinta goblins aullábamos sedientos de sangre. Nadie nos pediría que trajésemos a las víctimas vivas. Hubiera sido en vano. Las hachas, que aún goteaban el caliente caldo rojizo de la última carnicería, centelleaban con las primeras luces del alba. Para cuando llegamos al lugar donde debíamos aguardar a los futuros cadáveres, éramos tan sólo veintiocho goblins. Dos de ellos habían muerto en una absurda riña acerca de quién segaría el primer brazo. Su demostración de habilidades resultó poco... convincente.

Por fin aparecieron los tres viajeros, dos humanos y una humana. Ellos sí tenían nombres. Ellos sí tenían un pasado y un futuro. Aunque este último parecía ser el filo de nuestras hachas... Tras un estridente berrido, nos abalanzamos sin ningún orden ni estrategia, convencidos de nuestra victoria. Cuatro goblins acometieron sobre la mujer, que ágilmente se agarró a la gruesa rama de un árbol y derribo a dos de ellos con un doble puntapié. Cuando uno de los dos restantes se disponía a ensartarle el hacha en la espalda, el humano que se encontraba junto a ella sacó su reluciente espada y segó el brazo ejecutor del goblin, que cayó dolorido. El cuarto atacante aprovechó para decapitar a su incapacitado compañero, del cual envidiaba sus enormes botas de piel de serpiente. Satisfecho con su botín, se internó en la espesura, huyendo del combate. En aquel momento, todos los goblins restantes, unos quince, después de la excitación de los primeros momentos (nosotros los goblins no hacemos miramientos a la hora de matar), arremetimos contra los humanos, que se cubrían las espaldas con un gigantesco árbol. El humano al que llamaban Sario se batía de forma espléndida. Con una increíble agilidad y destreza, manejaba su pesada espada hiriendo e inutilizando a cuanto goblin intentaba atacarle. El par de hachas que pasaron junto a su cabeza para acabar perforando el tronco del árbol no le hicieron modificar un ápice su táctica de no matarnos, sino inutilizarnos. Quizá ignoraba que un goblin inutilizado era un goblin muerto, pero... ¡esas deducciones están más allá de mis capacidades! ¡Odio profundamente a quien me concedió este maldito don! La mujer, llamada Irina, parecía danzar mientras manejaba diestramente el cuchillo con la mano izquierda, efectuando constantes fintas para evitar las torpes acometidas de mis compañeros. Sorprendentemente, en pocos minutos ya sólo quedábamos cinco goblins en pie, los goblins que, inmovilizados ante la mirada de aquel tercer personaje, habíamos contemplado atónitos la derrota de nuestros compañeros. Ya no teníamos nada que hacer allí. No comprendíamos. A mí me empezó a doler la cabeza... Y entonces decidimos hacer lo que cualquier goblin hubiera hecho. Escapar corriendo. Yo fui el último en hacerlo, tras cruzar mi mirada con la de cada uno de mis enemigos y sentir algo que me hacía pensar... y odiar, que para un goblin es lo mismo. Pero este odio...



Llegamos al campamento a mediodía, después de haber saqueado a nuestros compañeros moribundos. Éramos ya sólo cuatro, pues uno de nosotros había sufrido un desgraciado accidente... al chocar su cabeza con un hacha que pasaba por allí...

El comandante pareció satisfecho de nuestro relato. Él era muy inteligente, sabía leer, y además podía visualizar la realidad que nosotros exagerábamos en un intento desesperado por salvar el pellejo. El comandante murmuró algo acerca de que todo marchaba según lo previsto y con una gran sonrisa nos felicitó y se retiró a su tienda.

El comandante humano también tenía un nombre. Ellos tienen. Nosotros no. Esa es la diferencia.

A la caída de la tarde, a los cuatro supervivientes nos prepararon un delicioso festín por el éxito de nuestra misión. Jamás he comido mejor. Y aquella noche... aquella noche soñé. Soñé que tenía un nombre, que no era un mero comparsa de una gran leyenda. Soñé con hacer algo importante. Soñé que degollaba al comandante y su sangre inundaba mi rostro mientras me sumergía en sus entrañas. Porque, al fin y al cabo, soy un goblin. Porque, al fin y al cabo, fuimos ejecutados al amanecer...

El año que volvieron las palabras...



En las navidades pasadas, el gran sabio Papá Noel me trajo, entre otras cosas, un maravilloso Kindle 3G (imagen a la izquierda). He debido portarme muy bien... porque es un regalo estupendo... que además me ha recordado porqué me gustaban tanto las palabras... y me ha traído hasta aquí, después de tantos años, para iniciar aquello que tantas veces he pospuesto. Así que lo primero que se me ha ocurrido, como homenaje a mi querido ebook y a las palabras, es empezar el post comentando ligeramente el primer libro que me he leído en el aparato. La idea es hacerlo cada mes, con el fin, aunque suene mál decirlo, de que esto vaya cogiendo forma y de obligarme también a leer al menos un libro cada mes... con el tiempo surgirán también otros temas relacionados con las palabras, la fantasía o la magia... y espero poder contar que he vuelto a escribir algo, me lo debo a mí mismo y a todos los que dejé naúfragos de palabras...